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martes, 17 de diciembre de 2013

NO ES CRÍTICA LITERARIA de Juan Carlos Valdivia Cano (Presentación a "Donde la luz duerme")




Por Juan Carlos Valdivia Cano


INTROITO
 
No es crítica literaria. No se hacen juicios literarios sobre la obra. Es la opinión de  un amante, no correspondido, de la literatura, que no hubiera dado a conocer si no se la pidieran para su presentación. Lo que importa en una presentación es animar a leer lo presentado, si cree que vale la pena. Eso es todo.  El medio puede variar. No se trata de agotar la descripción y el detalle de la obra. Se trata de elegir y animar,   de traducir y condensar, de determinar el sentido y ponerlo en la  barroca escena sobre la escena. Expresar lealmente  lo que sientes, piensas, percibes, intuyes y cómo te afecta personalmente, con sinceridad y precisión literaria. Con generosidad, pero sin traicionarte a ti mismo.

 
CAFÉ CON COGNAC
 
Es un verdadero aperitivo literario,  acorde con el  bello y nostálgico menú cinematográfico y  musical que es el índice de estos pequeños grandes dramas,  capaces de reinventar la tristeza a pesar de, o gracias a, un siglo de melodramas y telenovelas. Un raro café con cognac, que parece el extremo opuesto de esos que nos hacía saltar de euforia en otra época  con amigos lejanos,  que  avivaban, como ningún trago, los  aún  inconfesables llamados de la no muy santa natura. Aquí el café–cognac parece estimular más bien el espíritu.
Una pareja que parece la normalidad por excelencia,  cuando la anormalidad se ha vuelto lo normal. De clase media, más culta que el promedio normal, cosa que existe pero sólo en abstracto, como dato estadístico. De ésas  que leen por ansiedad o  por adicción. Para variar se conocen en un Café, tomando café…con cognac y música de Silvio,  no el peinador peruano,  sino el trovador novocubano. Todo empieza con la orgullosa y   vanidosa competencia por ver quién sostiene más tiempo la mirada. Todo empieza con una mirada: la insostenible.
Una pareja de esas que se conoce en la Biblioteca Municipal  y luego salen juntos, aunque todavía no revueltos, hablando de Flaubert, en dirección a  la Plaza de armas. Y siguen saliendo por algunos años y siguen leyendo juntos y siguen yendo al Café con cognac y Silvio. Y  así,  piensa ella ,“la rutina  fue enquistándose  en su vida a pasos lentos  hasta convertirse en aversión” para utilizar las   palabras del narrador. “Ya  no soporta la  chompa roja de Martín,  ni el aburrimiento de los días de interminables lecturas”. Y ella terminó por sacar los pies del plato, con ayuda del Arquitecto. Y pensar que un día “no le importó mutilar una de las enciclopedias de arte de su padre, para poner en cuadro “El dormitorio de Arles” y llevárselo a Martín por su cumpleaños”.
 Intentaron reencontrase tiempo después, pero “algo fallo”. El azar es cómplice en la juventud, señala el narrador, después  todo debe ser rigurosamente planeado. Y hasta el café con cognac ha cambiado y la música ya no es la misma. Y luego la conversación del reencuentro, una competencia de vanidades y  reconvenciones defensivas, que los lectores de Holderlin se  pueden dar el lujo  de darle una forma elegante, con intercambios literarios  e inacabable  interpretación de  recuerdos incluidos, pero la guerra continúa. El amor debe irse. Martin ya no es Rodia , es un escritor.A la larga, lo único que reconoce después de tantos años , “es una quijada vieja que le provoca el mismo asco que a uno de los Karamasovlos movimientos de la  nuez  de su padre…”
Al final sonríe y “se enternece al ver una mirada, la insostenible del café, que se va extinguiendo, que pese a su vanidad se va  escondiendo, que va perdiendo los segundos que una vez ganó”

 
LA PELÍCULA

Con la omnipotencia  de Erik Satie y Federico Chopin, en contexto latinoamericano y alguna que otra acertada  pregunta o comentario postmarxista, se desenvuelve la película, esta película. Para variar, una  relación que podemos llamar “relación de amor” para evitar demasiadas explicaciones. Con sus idas y vueltas, celos y  pasiones,   momentos excepcionales,  enojos y reclamos, tedio y muerte. Es la hora en que los interesados  sacrificios del principio de la relación,se han convertido en norma exigente y exigida.
A pesar de lo anterior,  se diría que en este caso se trata de un“amor de verdad”  ¿Cómo?  No se asusten, trataré de aclararlo:  primero hay que ver que quiere decir “de verdad”   Por lo pronto  no quiere decir “amor verdadero”, por oposición a falso amor  o amor bamba. Tampoco quiere decir  perfecto amor , como el conocido cognac francés: ParfaitAmour. Porque, que se sepa, amor humano perfecto no  hay ni en el planeta Venus, ni en el topusuranus. Y tampoco quiere decir “buen amor” , como el deJuan Ruiz, el Arcipestre de Hita,  en la Edad Media hispana, aunque esta sea  nuestra versión favorita.
Amor de verdad solo quiere decir amor de carne hueso y sangre y   odio y poder y  momentos felices y sacadas de vuelta y  todo lo negro de la vida y uno que otro momento sublime. Dos o más personas de carne y hueso comunes y corrientes: José , Valeria… y el arquitecto. Los  dos primeros son de esas parejas que se sientan en el piso del cuarto de uno de ellos juntando los hombros, sólo que en este sofisticado caso el fondo era con   música deErikSatie. Una relación que termina como las de millones de relaciones de pareja de carne y hueso,  con  todo lo que implica. Como terminan nuestras vidas,  como termina la de Valeria.
  La lucidez  parece estar empedrada de desengaños.Alguna vez le dijo Martín a Valeria  que haría una  película con esa escena en su cuarto, hombro con hombro, con la Gimnopédies de Satie de fondo, impajaritablemente, “una película que ahora sabe muy bien que nunca hará”.  
 



INTERLUDIO
 
Hablaba en ese momento y vivió alguna vez  en la casa “donde  la luz duerme”, ahora  una inmensa casa vacía que alguna vez pareció pequeña cuando vivía en ella con su familia. Allí  entra “la luz de los postes por las ventanas   y se despliega cómodamente por el piso, palpa,  se estira a su antojo, se acomoda y duerme. La luz duerme en nuestra casa”
Y así, intentando llegar a esa casa, empieza el cansancio, el gran cansancio que se inicia  en las rodillas y llega hasta adormecer su cerebro y envejecer su sangrey lo hace  volver al mismo estado que el piano inerte, empolvado y algo destartalado que ha dejado de tocar hace mucho,  jubilando sus  talentosas manos musicales,  que se rebajaron al placer de las caricias y los contactos de la piel pegajosa y abandonaron a Dios a quien antes ofrecía su música. Era la época en que perseguía a Chopincito (no Tonto, como quería llamarlo su enamorada). Era  su engreído, desde cuando era chiquito,  orejón y de ojos tristes y jodía, se meaba y cagaba por doquier. Y  a la vez que sus manos de ex pianista se hacían cada vez más inútiles, Chopincito crecía.Cambiar a Dios por pieles tersas y pegajosas y noches frenéticas, fue  demasiado.
Era uno de esos tíos normales, en épocas de anormalidad, de esos que cada semana “vuelven del mercado con dos bolsas llenas del presupuesto semanal”,  humano, simple,  feliz, comenta el narrador.Y Chopincito siempre intentando morderse la cola que no tenía, el muy tontito, perdón …Chopincito. Porque no se llama Tonto, como quiere que se llame  su mujer, porque persigue la cola que no tiene.
  ¿Será que cuando uno no cumple su destino es castigado por el Dios abandonado y sustituido por un poco de piel pegajosa? ¿O será que cada uno inventa su pecado, su castigo y su infierno? Y así el talento se venga cuando lo abandonas, advierte el narrador.Todo lo demás es tristeza, que, como dice Vinicius de Moraes, nao tem fin (felicidadesí). Esa tristeza que lo atrapó y lo encerró, por la cual  ya no quiso ni ver, ni pensar, ni dormir   ¿Cómo va a pensar o dormir si su cuerpo, tullido e inútil,  ya no le permite  entrelazarse con ella, con su cuerpo?   Y un día  se lo llevaron. Y felizmente no estaba Chopincito en ese momento,  sino su tristeza  se hubiera convertido en furia a la hora en que  llevaban a su amigo a no sé qué sanatorio, mucho  más triste todavía que la ahora inmensa casa vacía.
 
PATIO 
 
La tristeza que, como hemos visto,  no tiene fin,  y la belleza más o menos presentes en el libro, la escena o el film, se acentúan en esta repulsiva y opresiva  experiencia familiar, que se desata cuando el hijo mayor, Ernesto, cae del primer piso y muere  después de tres días de agonía. Lo demás es  la consecuencia que trajo esa muerte en cada uno de los miembros de la familia: en el hermano menor, en los padres y especialmente en la abuela que, en silla de ruedas,  engreía a Ernesto, lo que agregaba leña al fuego de la envidia del hermano menor. La abuela  murió virtualmente el día que Ernesto murió, por causa de la cainita pasión  de este último.  Como en Teorema de Pier Paolo Passolini, sólo que en la película de Passolini no llega el mal sino el ángel del amor, en forma de un juvenil TerenceStamp, que, valga la redundancia, hace el amor con cada miembro de la familia burguesa, incluida la empleada provinciana y proletaria: la  película trata de las consecuencias posteriores, caso por caso, del padre a la empleada.
Cuando murió Ernesto, “sus padres se fueron  recluyendo y ensimismándose”. La abuela sólo quería que la saquen al patio para quedarse absorta frente al lugar en que Ernesto se accidentó mortalmente.  El hermano menor perdió un año de colegio porque no quiso salir más de la casa después de la muerte de Ernesto. El problema empieza cuando sus padres no le hicieron caso cuando les pide ocupar  el cuarto de Ernesto, después de su muerte. Cuarto  que él quería para sí y al que él se creía con derecho, desde que Ernesto le prometió dejárselo. Sin embargo  lo destinan para   depósito bajo llave. La típica maldad familiar producto del miedo o el odio de la abuela, que sugirió ese destino. Pero él tenía que entrar a ese cuarto.
La envidia del hermano menor se agudizó cuando Ernesto, aún en vida,  trajo a su enamorada  Rosa,  y subía al cuarto“con una cara de felicidad  que nunca antes le había visto”. Y se daba el trabajo de anotar  todos los movimientos, entradas, salidas, horas, todo, como para no dejar dudas respecto al significado de  la envidia como pasión. La abuela era cómplice de Ernesto y a él lo trataba, como sus padres, como si no existiera. La abuela volvió a cantar alguna vez, “aunque en realidad  ya no eran cantos, eran algo así como unos tarareos guturales, suaves, lacónicos, unos lamentos que se hicieron insoportables”.
Y volvió a cantar cuando el murió, exactamente de la misma manera que murió su hermano Ernesto, trepándose por la ventana para ir clandestinamente a su cuarto,  como una especie de castigo divina o diabólicamente  justiciero, en el mismo lugar que contemplaba la abuela ya alejada del mundo. Y volvieron sus cantos guturales “enmarcados con  su risa; y la mirada perdida de Ernesto empujando la silla”.
 




EPÍLOGO
 
He sentido en estas narraciones a un alma dostoievskianamente cristiana, que yo creía en desaparición en los ámbitos culturosos. Una alma que se explora y nos explora en unas narraciones   que intentan hacer cine dentro del cuento, y cuento con la imagen y la escena. Esto a través de una prosa madura, muy bien manejada o conducida. Es un signo evidente  de la existencia de una nueva literatura arequipeña, que se ha extendido claramente  en cantidad y calidad. Y que ha comprendido, por fin,  que sólo la literatura  —y no el  APRA—salvará al Perú.

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